Soledad Villamil llena el escenario y descubre la hondura de viejas canciones haciendo gala de eso que los franceses llaman “finesse d’esprit”.
Agudeza de espíritu es lo que hace falta para engalanar el escenario y para ennoblecer canciones y poemas que parecen pasados de moda, acaso porque son pocos los que pueden revisar su belleza con la hondura necesaria..
Soledad Villamil tiene eso que los franceses llaman “finesse d’esprit”, una condición que no obedece sólo a la presencia escénica sino también a una combinación justa de inteligencia y sensibilidad, imprescindible para calar hondo.
Es lo que hace sobre el escenario, combinando el concepto necesario para captar la esencia poderosa de esas sencillas y bellas canciones olvidadas, con la exquisita artisticidad que la distingue.
Ella en escena viene a demostrar una vez más que en el mundo de la canción, ese mundo intenso y entrañable, se puede llegar a grados de excelencia sin contar con la condición, aparentemente básica, de una voz privilegiada.
La suya, chiquitita, hace de la delicadeza un arma. Frases sutilmente moduladas, y una afinación sin renuncias, puestas al servicio de una explosión espiritual que el cuerpo acompaña maravillosamente: de eso se trata.
Entre “La canción y el poema” (esa estremecida milonga que Alfredo Zitarrosa escribió a partir de un poema de Idea Villariño) y la “Chamarrita de una bailanta” (del también uruguayo Washington Benavídez) corre agua cristalina.
Emociones
El fluir transparente, tanto en la alegría como en el dolor, en la conquista como en la pérdida, viene a cuento de esa condición artística que despliega Soledad junto a un grupo de músicos excelentes.
Valseando “a la francesa” gracias al sonido del acordeón, con juegos de contrapunto muy modernos entre las cuerdas y el piano, y acomodando acentos rítmicos diversos, los arreglos de José Teixidó, impulsan y sostienen esa hondura.
Y Soledad traduce la naturaleza íntima de las canciones criollas que canta (solo hay un par de excepciones, maravillosas), transformando su cuerpo en una extensión de su voz, con sutileza y galanura.
Las excepciones son una exquisita y sugerente versión de “O tango e o samba”, el viejo tema de Carmen Miranda y la estremecedora interpretación de “Maldigo del alto cielo”, con todo el dolor que explota de las tripas de Violeta Parra.
La regla se escribe con temas como “Balsosa floja”, “Adiós pampa mía”, “Se dice de mi” (homenaje a Tita Merello mediante) y una maravillosa, estremecedora versión de “Ojos verdes”, uno de los grandes momentos de la noche.
Y por si todo esto fuera poco, por decirlo con el acento de los vendedores de los subtes, aunque aquí no se trata de vender sino de reconocer, un par de temas propios con la misma acentuación entrañable.
Uno, “Santa Rita”, traducido a pura simpatía, con la platea cantando a coro, y el otro “La medida”, impulsado por una línea de “El amenazado”, aquel poema de Borges: “estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.
Interludio entre la breve voz melodiosa, y la sutieza interpretativa de Villamil, y los acentos contemporáneos que los músicos cuelan sabiamente entre la lisura de las viejas canciones, el recital resulta eso, una pieza breve y maravillosa.
Todo y en virtud de la intensidad delicada de una artista que pone toda la carne en el asador, todo el bagaje del que está dotada, para convertir 90 minutos en un destello luminoso.
Ricardo Sánchez

