"La frescura de una voz impar"

 

En un muy buen espectáculo, Villamil canta a Yupanqui, Cátulo Castillo, tangos y milongas sureñas.

Despojada, por voluntad propia, de la posibilidad de ocultarse detrás de un personaje y de acomodarse dentro de una escenografía, Soledad Villamil canta en el escenario del Tasso.

En la frescura de su voz, en la delicadeza de sus gestos y aun en su vaporoso y sensual vestido perdura el candor de la antigua cancionista Clarita Taboada, la adorable cantante que Villamil personificaba en Glorias porteñas. Aunque no es ahora el clima de evocación el que conduce el espectáculo sino el aliento que Villamil imprime a cada poema para rescatar los relatos prendidos entre rimas.

Con voz diáfana y cálida Villamil describe la tormenta en el verde paisaje pampeano (El aguacero, de Cátulo y José González Castillo) y la respuesta que encuentran, ante el rigor de la vida campera, el florido aromo (El aromo, de Atahualpa Yupanqui) y el hombre solo (Milonga del solitario, de Yupanqui). Tangos y milongas sureñas son dichos serenamente, disponiendo con elegancia de las comas y puntos que brinda cada poema. Sumida en el texto, Villamil impone cambios de acentuación, suspende el tiempo en la sencilla métrica del vals Añoranzas, de José María Aguilar, detiene el automático movimiento de danza para envolvernos con los versos de ese amor en invierno.

Los arreglos del guitarrista José Teixido sostienen el aire de cada canción entre los punteos de su guitarra, las lánguidas melodías del bandoneón de Matías Rubino y los apoyos rítmicos del contrabajo de Gerardo del Mónaco.

Sin embargo, la percusión de Nicolás Arroyo trabaja en otro sentido, satura sobre la sutil corriente de ritmo lograda entre el contrabajo y la guitarra al mismo tiempo que ofrece, entre golpeteos de udú y toques de cajón con escobillas, un sonido world music, un color más internacional. La percusión agita el tiempo pero las pulsaciones que marca incansablemente no consiguen apurar la expresión del canto, por el contrario, la ordenan y controlan, la refrenan. El repiqueteo de las cucharas, en cambio, vibra en consonancia con la alegría que Villamil prodiga al cantar con voz liviana la ranchera De contramano; y también es efectivo en la festiva Chamarrita de una bailanta con la que Villamil graciosamente se despide del público.

 

Sandra De la Fuente